A veces salgo a dar un paseo, me siento en un banco y veo caer las hojas de los árboles. A primera vista puede parecer algo insignificante, pero no lo es. Las hojas caen en el otoño, claro, pero ni una de ellas lo hace sin el consentimiento de nuestro Padre celestial, como tampoco cae un solo cabello de nuestra cabeza sin su permiso. Este detalle nos enseña que Dios sustenta y tiene control de cada milímetro cúbico, cada mota de hierba, hoja, mosca, mosquito, avecilla, gusano, planeta, estrella, fotón y átomo que hay en el universo. Esto no es cosa nimia para tenerla en cuenta, sino una realidad maravillosa a la que dedicar alguna atención. La concepción de un ser humano en el seno materno es un acontecimiento único de gran trascendencia, más que el nacimiento de una estrella o una nueva galaxia. Cabe pues, concluir que Dios ama a todas sus criaturas, de las cuales, el hombre se lleva la palma.
Cuando Dios manda al hombre: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente» (Lucas 10:27), es porque, antes que nada, Él nos ama con la misma intensidad y espera que decidamos libremente corresponder a su amor, es decir, a Dios le agrada que le amemos con todo el corazón porque así es como Él nos ama a nosotros, de manera plena, total, apasionada, porque cuando uno ama a alguien nada le hace más feliz que ser correspondido con el mismo amor con que ama al ser amado. Amar es entregarse a sí mismo. Por eso Él espera de nosotros otro tanto: que nos entreguemos a Él de todo corazón, con todo nuestro ser. Si Dios nos ha amado hasta lo sumo cuando no éramos objeto digno de su amor, cuánto más debemos amarle después de habernos hecho dignos por su misericordia y su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.






