La misión Artemis II despierta en los astronautas un profundo asombro al contemplar la belleza de la Tierra y su fragilidad en medio del vasto universo. En su pequeñez, reconocen su total dependencia de la Tierra, reflejo de cómo toda la humanidad depende de Dios para existir y sostenerse. La inmensidad del cosmos revela la grandeza divina y lleva a reconocer que no somos autosuficientes, sino parte de una creación extraordinaria. Dios se manifiesta en su creación y, en su amor, ofrece redención y gracia, llamándonos a responder a su cuidado constante.
El Señor invita a todos los sedientos a recibir gratuitamente agua, leche y vino, metáforas de la vida nueva y el agua de vida que sacia el alma y lleva a la vida eterna. Muchos, incluso sin darse cuenta, rechazan esta invitación porque no se ajusta a sus pensamientos ni están dispuestos a abandonar sus malos caminos. Por eso Jesús enseña que para recibir este vino nuevo se necesita un “odre nuevo”: una mente abierta, flexible y dispuesta a dejarse corregir y renovar cada día por la Palabra del Señor.
Dios no solo quiere que lo escuches, sino que lo sigas: escuchar transforma, obedecer redirige tu vida. Caminar con Él es aprender a discernir su voz y confiar paso a paso, aun sin entender todo. Su guía no quita los desafíos, pero te da dirección, propósito y paz en un camino seguro.
Dios es tardo para la ira y grande en misericordia, llamando al hombre al arrepentimiento por amor y paciencia. Jesús reflejó este atributo al mirar con compasión a las multitudes perdidas como ovejas sin pastor. Su amor lo impulsó a actuar, enseñándonos que la verdadera compasión mueve al servicio y a la ayuda. El Señor nos llama a seguir su ejemplo y salir en su nombre a rescatar a los perdidos.
Hoy recordamos la resurrección de nuestro Señor Jesús, quien venció la muerte y certificó su victoria en la cruz. Aquel domingo, las mujeres hallaron el sepulcro vacío y ángeles les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?”. Su resurrección afirmó su identidad divina y aseguró la salvación y resurrección futura de los creyentes. En él tenemos esperanza: después del sufrimiento del viernes, siempre llega el domingo de gloria
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