Varias veces en el Antiguo Testamento se describe uno de los gloriosos atributos del carácter de Dios: Dios es tardo para la ira y grande en misericordia. (Exodo 34:6, Números 14:18, Nehemías 9:17, Joel 2:13, Nahum 1:3)
Aunque Dios no tiene por inocente al culpable y al final lo castiga, se duele por el castigo. Pacientemente, Dios retiene su ira divina y llama al hombre a apartarse de su iniquidad, dándole un tiempo y oportunidad para que se arrepienta y así dar lugar a la misericordia. Esta es una expresión de la gran bondad y amor de Dios.
También Jesús mostró este atributo divino y nos enseña a practicarlo. Recorriendo las ciudades, al ver las multitudes, las vio perdidas como ovejas sin pastor y tuvo compasión de ellas. Las estaba mirando con amor. Multitudes perdidas, sin rumbo, ovejas sin pastor rodeadas de lobos. Las miró con compasión y su corazón se dolió para salir a su rescate. Es humano dolerse y sentir empatía por los que sufren, pero la gran mayoría no hacen nada para remediarlo. La compasión es mayor porque te impulsa a salir en su ayuda.
Al ver las multitudes y tener compasión de ellas, Jesús le dijo a sus discípulos que los obreros eran escasos y debían pedir a Dios que enviase obreros para atender las necesidades de tan gran cosecha de almas perdidas.
El Señor nos llama a aprender de él, quien siendo en forma de Dios se despojó a sí mismo y tomo forma de hombre para redimirle. Salió a recorrer las ciudades, ministrando y socorriendo a cada uno conforme a sus necesidades. Y te llama a ti y a mi, para que salgas en su nombre y con su autoridad a rescatar a los perdidos. La mies es mucha y los obreros pocos. (Mateo 9:37)






