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Elucubraciones Espaciales

2ª Pedro 3:9 “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento”
Antonio Pérez, 3 de Mayo de 2026

Hace pocas semanas la nave Artemis II fue lanzada al espacio con cuatro astronautas a bordo. La nave se adentró en el espacio y quedó sumida en el abismo de la negra inmensidad que nos envuelve. Un profundo asombro invadió a los tripulantes y embargó sus emociones. Quedaron prendados de la extraordinaria belleza del planeta tierra. Todo lo que son, su origen, su destino, su futuro, su casa, su familia, sus amigos, tienen como punto de referencia y se ubican en el planeta tierra.

En medio del vacío, alojados en una pequeña cápsula, su mundo queda reducido a una diminuta cabina. Contemplan el milagro que son las cosas. ¿En qué conversaciones se ocupan ante tan magno espectáculo? ¿Cómo pueden ellos existir en medio de la nada que es y avanzar a través de ella? Son conscientes de que no se dan a sí mismos la existencia. Intuyen En medio de tanta grandeza, no pueden dejar de exclamar que son criaturas muy especiales que proceden de un planeta muy especial, saben que somos muy amados y que todos viajamos en la misma nave. Que la humanidad conforma una sola familia sobre la tierra y comparte el insigne privilegio de ser el planeta visitado. Que se mueven en Dios, aunque no lo vean cara a cara. Tanto la inmensidad sideral como la pequeñez de lo más ínfimo reflejan su existencia y su soberanía. ¿Quiénes son? ¿Qué hacen ahí? Saben que su supervivencia depende de atenerse estrictamente a las instrucciones que reciben de la tierra. No pueden hacer lo que quieran. En ello les va la vida. Igual que los astronautas dependen total y absolutamente de la tierra, la tierra depende del Dios del cielo. De Él recibe su existencia y su sostenimiento. No somos autosuficientes. Todos dependemos de la providencia divina que en todo momento nos abastece. Estamos en las manos de Dios y en todo dependemos de Él.

Cada día que pasa se descubre más la grandeza de un universo antes no observable. Sus dimensiones son inconcebibles para nuestro entendimiento. Ante magnitudes tan monstruosas solo cabe caer de rodillas y adorar a su Majestad. En dar la vuelta a alguna de las estrellas súper-gigantes, a la velocidad de crucero un avión de pasajeros (900 km/h), día y noche sin parar, se tardaría más de mil años.

En medio de tanta grandeza, comprenden que son criaturas muy especiales que proceden de un planeta muy especial; saben que somos muy amados y que todos viajamos en la misma nave. Que la humanidad forma una sola familia que habita sobre la tierra y comparte el insigne privilegio de ser el planeta visitado.

Dios nunca ha dejado al ser humano sin testimonio. Nos está dejando entrever un poco de su sabiduría, su poder y su magnificencia. Ahora nos toca a nosotros responder a sus cuerdas de amor. Dios, a pesar de todo, nos ama. Nos lo demuestra cada día dándonos la oportunidad de ser redimidos por su sangre, lo cual prueba que su gracia es infinita y su amor es eterno.

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