Sabido es que los animales suelen ser agradecidos cuando se les muestra un acto de bondad estando ellos en necesidad. Si los animales son capaces de mostrar agradecimiento, ¡cuánto más deberían mostrarse agradecidas las criaturas racionales al recibir cada día incontables favores y beneficios inmerecidos!
La gratitud se opone a la queja y el resentimiento. Admite humildemente que todo en la vida es un don. Cada acto de gratitud me hace más sensible para tener conciencia de que cada cosa que recibo es un regalo. La queja exuda protesta porque con ella manifiesto que la vida no me trata como creo que me merezco. Es como si alegara que mi vida me pertenece y que tengo derecho, por ser quien soy, a todos los favores y beneficios que disfruto, lo cual es absolutamente falso. Las cosas no son así. Ni mi vida me pertenece ni los beneficios que de continuo disfruto son inherentes a mi existencia por el mero hecho de estar acostumbrado a recibirlos y vivir instalado en ellos. Prueba evidente es la gran privación que sufro cuando de improviso me son arrebatados. La queja manifiesta que me tomo las cosas por sentado. Me empuja a ser desagradecido. El agradecimiento rezuma candor y alegría; la queja, amargura y tristeza.






