Cada uno de nosotros hereda algo de sus padres. Los hijos heredan de sus padres rasgos físicos, genes, modales, educación y hasta algunos afortunados llegan a heredar bienes y dinero. Cada herencia es diferente. Espero que en tu caso todo lo que hayas heredado sea de gran bendición.
De la misma manera, los hijos de Dios tienen una gran herencia y promesa en los cielos. Dios es infinitamente rico. Todo le pertenece a Él. Dios suple a sus hijos para cada necesidad abundantemente conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.
Nuestro Padre celestial nos dará todas las cosas que nos esperan como fruto de la gracia. Pero el punto es que aunque Dios creo al hombre a su imagen y semejanza y le dio una especial dignidad sobre las demás criaturas de la creación, sin embargo no todos los seres humanos son hijos de Dios y tampoco son herederos de sus promesas.
Los hombres desde el principio han tratado de conseguir la herencia que solo les corresponde a los hijos de Dios. Unos tratan de ganarla buscando maneras de hacerse propicio a Dios y ganar su favor mediante rituales y sacrificios. Otros han tratado de conquistarla a la fuerza aliándose con el enemigo de la fe siendo engañados.
Ni unos ni otros podrán jamás alcanzarla. La herencia del Padre celestial solo será recibida por el Hijo de Dios y aquellos que le reciben y creen en el nombre de Jesucristo como dice Juan 1:12, “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”.
Así que la herencia de la vida eterna no es universal, es solo para los hijos de Dios. Pero la invitación a recibir la adopción como hijos y la vida eterna si es universal. Recuerda que no se alcanza mediante ritos religiosos ni esfuerzos. Cristo la ganó en la cruz venciendo al pecado y la muerte.
¿Quieres tú la herencia de la vida eterna? Si la quieres, ven delante del Señor humildemente, reconoce que hiciste mal, arrepiéntete y recibe el perdón que solo Dios puede dar. Confiesa a Cristo como Señor y Salvador y recibe la adopción como hijo de Dios y el regalo de la vida eterna. Pues si somos hijos, como dice Romanos 8:16-17, el Espíritu de Dios da testimonio que somos también herederos y coherederos con Cristo.






