Entre el patio de los gentiles y el patio de las mujeres había una bella puerta de bronce, de estilo corintio, con incrustaciones de oro y plata. Era más valiosa que si hubiera sido hecha de oro puro. Se la conocía como la puerta Hermosa.
En esa puerta Pedro y Juan se encontraron con un hombre cojo de nacimiento al que llevaban a diario y que dejaban fuera de ella para que pidiera limosnas. Con toda seguridad, Jesús pasó por allí más de una vez, pero es evidente que el hombre nunca le pidió sanidad. También es posible que Jesús en su sabiduría divina, no interviniera conociendo los tiempos y todo lo que podría suponer si este hombre era sanado por mano de los apóstoles. En cualquier caso, todo esto es pura especulación. Lo cierto es que esta escena tiene algunas cosas que pueden estimularnos como Iglesia en el día de hoy.
Cuando este hombre vio a Pedro y Juan, les pidió una limosna. Ambos apóstoles fijaron su mirada en él. Atrás quedaban todas las rencillas y los celos que en muchas ocasiones vemos en los evangelios. Ahora formaban un equipo perfecto, unidos en fe y con un mismo propósito.
Pedro se dirigió al paralítico y le dijo: “Míranos”. No le preguntó nada, como hacía Jesús con aquellos que acudían para ser sanados. Lo cierto es que esta escena hizo que este hombre tuviera una expectativa distinta a la hora de recibir algo y recibió lo que menos esperaba.
También nosotros podemos identificarnos con este hombre cuando nos acercamos a Dios en oración esperando recibir lo que nosotros deseamos y el Señor nos sorprende con algo que es mucho mejor. Puede ser que ahora todo lo que estás pasando sean tinieblas, pero ten la seguridad que tras la oscuridad de la noche llegará el amanecer de un nuevo día.






