Un escudo es un arma de defensa. Se utiliza para cubrir y proteger. En las guerras antiguas, el escudo era una plancha de cuero, madera o metal que llevaba una embrazadura que el soldado agarraba con su brazo. Cuando el soldado era atacado levantaba su escudo para parar los golpes de espada, flechas o proyectiles de sus enemigos.
Los cristianos en este mundo caído somos atacados continuamente. Física, mental y espiritualmente. Nuestro enemigo es espiritual y no puede ser vencido por armas carnales. Pablo el apóstol, utilizando una analogía del equipamiento del soldado romano de su época, dice en Efesios 6:16 que una de nuestras armas espirituales es el escudo de la fe: ”Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno”. “Sobre todo” implica que el uso del escudo es muy importante, algo que debemos llevar cada día.
Y debemos llevar este escudo de la fe porque nuestro enemigo el diablo, dispara sus dardos o flechas de fuego sobre nosotros. Deposita dudas, tentaciones, acusaciones, temores y mentiras para afligir nuestra alma y tratar de destruirnos.
Necesitamos alzar el escudo de la fe como barrera contra sus dardos de fuego. Cuentan que los romanos mojaban sus escudos para que las flechas incendiarias se apagasen. La fe es como esa agua de vida en la Palabra de Dios que apaga los fuegos del enemigo.
David al escribir el Salmo 3 se encontraba en un momento crítico cuando rodeado de multitud de enemigos, muchos le veían ya acabado y decían: “No hay ya para él salvación en Dios”. Pero David tenía un secreto, conocía a Dios y confiaba plenamente que Dios era un escudo alrededor de él, a quien podía clamar y donde podía sentirse seguro y descansar. ¿Es Dios tu escudo?






