Dice la Biblia que el corazón del hombre es perverso y engañoso, (Jeremías 17:9); es un corazón que con frecuencia se considera justo a sus propios ojos y se cree merecedor de elogio. El profeta Habacuc estaba rodeado de hombres injustos, impíos y violentos, llenos de maldad, que actuaban sin temor ni remordimiento. Para agravar la situación, se enorgullecían de su condición y vivían convencidos de que su maldad no tendría consecuencias.
Ante tal realidad, Habacuc sufría y se lamentaba. Entonces Dios le respondió con una verdad decisiva: “He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá” (Habacuc 2:4). En estas palabras se establece un contraste profundo: el malvado, envanecido por su orgullo, camina hacia la muerte; el justo, en cambio, vive por la fe y recibe vida eterna.
A continuación, Dios pronuncia ayes contra los malvados: “¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!”. Anuncia que el mal recibirá su castigo y que los malos perecerán. Les puede dar la sensación de que no llegará su juicio, pero Dios permanece en su santo templo; su gloria cubre los cielos, se levanta y mide la tierra, y ante su presencia se estremecen las naciones.
Pero, por otra parte, “el justo por su fe vivirá”. En contraste con el orgulloso, aquel que tiene verdadera fe en Dios es humilde y se arrepiente de su pecado. Sabe que no es justo por sus propios méritos, sino porque su justicia le fue imputada por gracia, mediante la fe en Jesucristo. Esa es la única manera de recibir la justicia de Dios.
El gran beneficio de ser declarado justo por la fe es recibir vida eterna. Los justos ya poseen esa vida en este mundo, y ahora viven por la fe. La fe es el motor que impulsa nuestra existencia espiritual: por ella entramos en la vida y por ella también crecemos. La fe y el arrepentimiento son, por tanto, la llave del avivamiento; avivan el fuego en nosotros y producen despertar y renovación espiritual.
Por eso, la fe abre la puerta a la justicia de Dios y a la vida eterna. Lo que carece de fe carece de vida. Las obras muertas no pueden agradar al Dios viviente, porque “sin fe es imposible agradar a Dios” (Hebreos 11:6).
Finalmente, la fe hace que la vida sea digna de ser vivida. Infunde gozo y esperanza en nuestras almas. Mientras otros perecen, los justos siguen viviendo por la fe; nada puede destruir la vida espiritual mientras permanezca la fe. Y así se cumple la promesa: “El justo por su fe vivirá”.






