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El tesoro del corazón

Mateo 12:35 "El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas”
Antonio Pérez, 5 de Julio de de 2026

El corazón es el núcleo del ser humano, lo más valioso de la vida cristiana. Así lo enseña nuestro Señor. El corazón es como un cofre que guarda toda clase de tesoros, buenos y malos. ¿Qué clase de tesoro guardas en tu corazón? De la abundancia del corazón habla la boca. Porque, lo que es hablar, todos hablamos, y, a veces, más de la cuenta.

Tarde o temprano, lo que hay en el corazón se exterioriza, se manifiesta, se revela, se hace evidente. Tarde o temprano, lo que se piensa, se desea, se codicia, y se adora sale a relucir y se hace patente. Por eso dice la Palabra: «Sobre toda cosa guardada gurda tu corazón, porque de él mana la vida» (Prov. 4:23). La boca se encarga de revelar lo que hay en el corazón. Lo que mira tu ojo, lo que piensas en tu corazón, eso es lo que eres.

Es absolutamente necesario limpiar el corazón de toda contaminación del pecado: malos pensamientos, deseos e imaginaciones, mantenerlo limpio y puro para que rebose de buenos frutos. La verdadera religión no consiste en una serie de reglas, sino en ser estrictamente honestos consigo mismo. Es una actitud positiva del corazón. No se limita a dejar de cometer una serie de actos pecaminosos: «No matar, no adulterar, no robar», sino en abstenerse de toda clase de mal, en no dar cabida en el corazón a todo aquello que perjudica a la vida espiritual y ofende al Espíritu Santo, en no hacer mal ni cobijar amargura, ira, envidia, avaricia, codicia, juicio, etc. «Si tu ojo es maligno, todo tu ser estará en tinieblas», es decir, lleno de pecado. Pero si tu corazón es puro, producirá fruto bueno y abundante que glorifica a Dios, será una influencia positiva y desprenderá dulce aroma.

El cristianismo se ocupa del corazón, de las actitudes, no meramente de actos externos. Éstos tienen que manifestarse, pero deben reflejar, y reflejan, lo que hay en el interior. Lo importante es lo de dentro. La santificación consiste en una purificación exhaustiva de los motivos e intenciones del corazón, no en un formalismo externo basado en reglas, ni en ser puntillosos en observar la letra de la ley descuidando lo otro. Cristo nos hizo libres para que por su justicia y su Espíritu pudiéramos cumplir el espíritu de la ley, esto es, amar a Dios y amar al prójimo.

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