Los seres humanos buscan el éxito en los bienes materiales, tener mucho dinero, alcanzar lo mas alto en su carrera profesional, logros académicos, adquirir fama y renombre, poder y gobierno, tener millones de seguidores, etc.
Cuenta el libro de Génesis que los de Babel quisieron construir una torre para alcanzar fama y renombre. Buscaban la inmortalidad en el recuerdo de las generaciones postreras. La torre fue destruida y sus nombres fueron olvidados.
Nosotros los cristianos podemos ser engañados por las corrientes de este mundo y conformarnos a esta manera de ver el éxito. Tener un gran local donde se congreguen millares con unas instalaciones maravillosas donde hasta acudan las celebrities de turno. Tener los mejores ministerios y predicadores, ser de influencia a millones de personas a veces predicando un evangelio descafeinado.
Pero nuestra victoria no la da la cantidad de miembros en la iglesia, ni los logros conseguidos en el ministerio. Muchos hermanos alrededor del mundo no tienen recursos, son perseguidos y mueren sin ver ese éxito. ¿Habrán fracasado? Puede que este mundo lo piense así, pero para Dios estos son los que llegaron a la meta y ganaron la carrera.
La victoria y éxito del cristiano la ganó Cristo en la cruz. En este mundo tenemos victorias pero la gran victoria es la que nos espera. La vida eterna. Eso es lo que Pablo enseña a los Corintios. Cristo resucitó de entre los muertos, las primicias, y nosotros los creyentes también resucitaremos con Él en el día de su venida.
Por eso es que Jesús nos aconseja que hagamos nuestros tesoros en los cielos. Todo lo que atesoremos aquí va a desaparecer. Estemos dispuestos a dar nuestras vidas para ganar a Cristo y disfrutar la verdadera victoria el día de la resurrección.





