Nuestro Dios es glorioso. Gloria, (hebreo kabod, griego doxa), tienen un sentido de peso, de gran belleza y ornamento. La gloria de Dios es el resplandor que emana de su persona, una luz plena y perfecta que a veces se compara a un fuego consumidor. Su gloria es tal que inspira temor, respeto y adoración. Es tal que el hombre no puede contemplar su gloria y seguir vivo. Todo hombre que tiene un encuentro con Dios y recibe un atisbo de su gloria es transformado.
El Salmo 8 dice que Dios puso su gloria en los cielos y que aunque creó al hombre menor que los ángeles lo coronó de honra y gloria. Dios nos creó a su imagen y nos permite ver un poco de su gloria a través de su creación para que seamos conscientes que el nombre de Yahvé es glorioso y le adoremos en consecuencia. Sin embargo, Pablo el apóstol dijo a los Romanos que los hombres son culpables y sin excusa, pues viendo el resplandor de su gloria en la creación no le glorificaron ni le dieron gracias, sino que envanecidos, llenaron su corazón de tinieblas, dieron culto a las criaturas antes que a Dios y se entregaron a toda clase de mal. Pero Dios amó al mundo y envió a su Hijo al rescate de la humanidad perdida.
La gloria de Dios se manifestó en su Hijo Jesucristo. Emanuel, Dios con nosotros, nos acercó la gloria inaccesible de Dios a aquellos que le recibimos. Solo mediante Cristo la podemos contemplar y amar sin ser consumidos. La justicia de Dios y su misericordia se alcanzan solo en Jesús, mediante el cual somos transformados de gloria en gloria y alcanzar un día su gloria eterna. En aquel día y para siempre disfrutaremos de su presencia y seremos iluminados por la gloria de Dios. Cristo es la esperanza de gloria.
Dios es digno de gloria y adoración. El Rey de la gloria. Por tanto entrega al Señor todo tu corazón y tu vida. Alábale y adórale. Dale la gloria debida a su nombre. Teme a Dios y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre.






