El Dios Omnipotente, siendo tardo para la ira y grande en misericordia, al mirar este mundo perdido y la terrible condición de los que lo habitan, ha llamado a todos los hombres a salir de las tinieblas hacia su luz admirable y los ha convocado a reconciliarse con Él. Jesucristo, el Hijo de Dios vino a salvarnos entregando su vida como expiación por nuestros pecados y a restaurar la relación perdida con Dios. ¿Aceptas su llamado e invitación a recibir a Jesús como Señor y Salvador? Ten en cuenta que: “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él”. Juan 3:36
Si has aceptado su llamado a salvación, ahora formas parte de la familia y el pueblo de Dios. Ahora hay otro llamado especial para ti. Ahora en tu posición de ciudadano de su reino, Dios te llama a ser santo y también a participar en sus propósitos redentores. Para ambas cosas te reviste de su poder. Por su gracia nos envía el Espíritu Santo que nos santifica y da poder para vencer al pecado.
El Espíritu Santo, además te capacita para la obra de Dios por un lado a través de los talentos naturales que te fueron otorgados personalmente al nacer y por otro lado te reviste de poder sobrenatural con sus dones espirituales que son irrevocables. Pues a los que predestinó, los llamó, los justificó y los glorificó, (Rom. 8:30).
Somos llamados a amarle, seguirle y a servir para su reino. A cada creyente le otorga un fin y propósito específico como un cuerpo cuya cabeza es Cristo y donde cada miembro del cuerpo trabaja para para beneficio de los otros.
Es por eso necesario que cada creyente cumpla la función y el propósito de su llamado con eficacia, porque cuando un miembro no funciona todo el cuerpo se resiente y lo sufre. Por tanto hermano te animo a que sigas adelante en la obra del ministerio en el que Dios te puso. En el servicio al cuerpo de Cristo.






